Puente 2.0: ¿Por qué lo llaman “Urgencias” cuando quieren decir “Ya te llamaremos”?

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Habíamos dejado el puente en la noche del sábado, de vuelta a Torrent tras dejar atrás a nuestro amigo oasismaníaco y a su panda de coleguillas. Por cierto, para más información de la noche, incluyendo las penurias de la vuelta a casa en un coche con cristales indesempañables, consulten “Sesiones perdidas”, el blog de Gema, otra de las protagonistas de la noche. Pero lo pasado, pasado está y ya es llegado el momento de hablar del domingo.

Es lógico y comprensible (espero) que, tras tan alocada noche, el cansancio físico se sobrepusiera a mi palabra y por ello dejase a Carlos Gustavo compuesto y sin guitarrista para la misa. Desde aquí, públicamente, lo siento, chaval. Así que amanecí a las 12:30 con la perspectiva de un día feliz: ver el básket hasta la hora de la comida, comida, ratito ocioso post-comida, ponerme con un trabajo de la facultad mientras escucho el “Tiempo de juego” de Onda Cero (le tengo aversión al Carrusel) y, a media tarde, reencuentro con María, recien llegada de acampada, para oir sus relatos y pasar el resto del día junto a mi amada.

Mi planning empezó cumpliéndose. Básket per Punt 2. Perdió el Etosa, aunque eso es lo de menos. En general, me gusta más el fútbol, pero no dejo de reconocer que el básket (junto al tenis) son los deportes que más me enganchan y me emocionan por televisión. Por cierto, que ayer ganó el Pamesa y ya estamos en play-offs haciendo el mejor juego de los últimos 3 años. Poquet a poquet.

Mi planning siguió con la comida (menjars preparats “La Paella”, pues volvía a estar solo en casa) y con el ratito ocioso y, cuando ya tenía el ordenador inicializándose (extraña palabra) para ponerme al tajo, sonó el teléfono: “Oiga, mire, que somos de la residencia, que su abuela está todo el día que no coordina bien y no habla mucho y hemos llamado al médico, para que lo sepa”. Vaya, ¿qué le pasará a la abuela (sí, Paula, esa abuela en la que estás pensando; esa abuela que regala CD’s de los Cartoons y que dice haber subido a la Stampida)? Toca avisar al Sr. Conejeros: “Papá, tu suegra está pocha. No le digas nada a la mamá para no asustarla. Seguiré informando en próximos boletines”. Decido pasarme por la resi a ver qué se cuece. Llamo al timbre… abren… “Uy, se acaban de llevar a tu abuela al hospital” ¿Quéeeee? Pero, ¿qué tiene? “Dice el médico que un ACR” ¿Y qué es eso? “No lo sé” De puta madre, chaval, pues búscame a alguien que lo sepa, por ejemplo… ese señor de ahí. “Es una cosa que te da al cerebro y que suele pasarse rápido pero que te puede dejar secuelas”. Genial, caballero. Ni en el Juego de Niños se explicaban mejor. Ya le mando un gallifante por correo. Tranquilo, Gerardo. Estás al mando. El resto de la Conejeros Family está a una hora larga de camino. Tienes que actuar. ¡Al Gerardomóvil!

Llego a Urgencias del General. ¡Qué bien! ¡Cuánto me gustan los hospitales! Pregunto por mi abuela. Dios, ¿cómo me la encontraré? ¿En qué estado se aparecerá ante mis ojos? Una señorita me consigue la pegatina que me permitirá entrar sin que el segurata de la Levantina me ponga pegas. Me lleva hasta un pasillo. Le están haciendo pruebas. De un momento a otro saldrá por esa puerta… Y ahí está, tumbada sobre una camilla. Le pregunto a la enfermera: “¿Está consciente?” “Pues claro, chaval, llevo todo el rato hablando con ella”. Es cierto. Le hablo y me responde. El camillero aparca a mi abuela y se va: “Ahora la llamarán”, dice. Miro el reloj. Son las 5 y media de la tarde.

Haciendo acopio de todas las enseñanzas que he visto en House y en las pelis malas de hospitales, intento decidir un plan de actuación. Lo mejor será darle conversación a la abuela para que no se duerma, que con estas cosas de la ACV uno nunca sabe lo que puede pasar. Pero mi plan falla y la tía se duerme, se va durmiendo, se le cierran los ojos… ¡menudos ronquidos pega! Alguien que duerme así de a gusto no puede estar tan malo. Bueno, pues mejor sigo esperando a que nos llamen. Son las 6 y media.

A las 7 llegan María y sus padres para darme apoyo moral. No les dejan pasar. Solo un visitante por paciente. Me indigno educadamente y no protesto, pero sé de buena tinta que dentro hay familias enteras rodeando una misma camilla. Aprovecho para ir al meódromo. Hay un solo servicio para toda la sala de espera de urgencias. No hay pestillo, no va la cadena, no hay jabón, no hay papel, sí hay mugre en las paredes. Espero que los médicos usen guantes o tengan un WC privado.

Son las 7 y media y la única novedad es que han cambiado la plaza de párking de la camilla de la abuela. Nos han movido 3 metros. Despacito y buena letra. Me va gustando más Urgencias, lo encuentro hasta divertido. Es una especie de concentración de fauna humana en su peor versión. Te puedes encontrar actores malos que se retuercen de dolor sobre una camilla y profieren ¡ays! de dudosa o nula credibilidad (más aun teniendo en cuenta que 5 minutos antes te los has encontrado de risas en la puerta del baño); hay también señoras que pasean pegadas a un gotero, desquiciadas porque sus tácticas de cuele, tan ensayadas en el Consum del barrio, no surten efecto en esta situación; ves también gente que, indudablemente, ha ido ahí a pasar la tarde, porque no solo no les pasa nada sino que salen cada pocos minutos a fumar en pandillita y a comentar las jugadas de los actores malos; incluso hay alguno que otro que parece estar malo de verdad, que tiene la cara amarilla, que respira con dificultad y que camina con esfuerzo. Uno por uno, el cuadro de la sala es dantesco. Si lo miras en conjunto, la imagen de camillas hacinadas y humanidad condensada en pocos metros cuadrados no tiene nada que envidiar a uno de los hospitales de Ruanda que nos sacan por la tele, salvo que la clientela aquí es blanca. La abuela sigue roncando a ratos. Llaman los Sres. Conejeros. Vienen de camino. Son las 7 y media.

Son las 8 y media. He pasado la última hora preguntándome si alguien del hospital se enteraría si cualquiera de los pobres diablos que esperan ser atendidos se muere aquí, en directo. En 3 horas, nadie con bata blanca se ha acercado ni para preguntar la hora. Me pregunto si la presencia de médicos en el Hospital General es cierta o si es una leyenda urbana como la de la muerta de la curva, porque en 3 horas la sala solo ha menguado en 5 pacientes y se ha acrecentado hasta el infinito. Llega la Sra. Conejeros. Por fin, el relevo. Salgo fuera. Charreta con Sr. Conejeros, Enano, María y suegros. Se pira el Enano a casa con los Suegros. El resto nos vamos a cenar. Ya son las 9.

A las 10 menos cuarto, la Sra. Conejeros me llama al móvil. Mandan a la abuela a casa… casi 4 horas después. El médico la ha visto durante 10 segundos para concluir que no le pasa nada de nada. ¡¡La madre que los parió!! No me lo podían haber dicho a las 6. Nos vamos a casa. Recuerdo que ni siquiera he empezado el trabajo de Ed. Especial. Va a tocar esprintar en lo que queda de puente si quiero acabarlo. Pero eso se lo cuento mañana.

P.D. Aprovechando que esto va de médicos, frases del día: 1-“A mí lo que mejor me va es el Espindrifén, pero no aguanto el Dolotil. 2- “Me están haciendo el postoperatorio, pero aun no se si operarme porque me da un poco de miedo”. Lo que se oye en el metro…

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~ por Gerardo en mayo 3, 2007.

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