Puente 3.0: Días de poco, vísperas de mucho (trabajo)

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Con todo lo contado en los dos días anteriores, mi vida se hallaba en lunes por la mañana y con la perspectiva de un examen y la entrega de un trabajo de 40 páginas para el jueves. Así pues, con medio puente perdido, no había más que ponerse a currar a tutiplén. La táctica estaba hecha: 2 días para el trabajo y el miércoles por la tarde para estudiar.

Y así fue, más o menos. Todo el lunes encerrado de cara al ordenador hasta que una llamada de mis amigos me rescató a eso de las 9 de la noche, cuando mis ojos estaban a punto de sobrepasar el límite humano de enrojecimiento. El plan era interesante: despejar mi maltrecho cerebro a base de Telepizzas en el bajo-vivienda de Pedro. De paso, era la forma más agradable de hacer tiempo hasta que llegaran las 2 a.m., hora de recoger a María de su escapada por la capi con sus amigas moncoferas. El resumen: un buen rato con los colegas de toda la vida, los de siempre, los que nunca fallan, con los que las cosas nunca cambian; una noche de esas de risas y bromas, de accionistas y sillas rotas, de cinéfilos y meones, de las que siempre se agradecen. Y, claro, inmerso en tan fantástico ambiente, salí de allí con plan para ir de comida al día siguiente, a pesar de que aun tenía medio trabajo cogido con pinzas. Pero, don’t worry. Mi estrategia es perfecta: me levanto a eso de las 9, me planto ante el ordenador hasta la 1, me voy con María a comer a la caseta/paraiso-de-roedores de Panino (situado en Turís, en pleno reino de Muy muy Lejano) y a eso de las 4 me vuelvo para casita y acabo el puñetero trabajo antes de las 8. Definitivamente, soy un máquina… en la teoría.

Porque la práctica es muy distinta y la carne es débil. Y tras apurar la última cerveza a las 3 y media de la madrugà, decidí firmemente que no pasaba nada por levantarme un poco más tarde de las 9… a las 12:30, por ejemplo. La mañana perdida. ¿Y lo de bajar a las 4 de la comida? No me lo creía ni yo. A las 6 cruzaba el umbral de la puerta de mi casa apestando a torrà. A las 6 y media, duchado y en pijama (para autoconvencerme de que, pasara lo que pasara, ese día no volvería a pisar la calle) volvía a enfrentarme con mi enemigo íntimo con un doble temor: ¿Podré acabar el trabajo de las narices? Y, más importante aun, ¿podré acabarlo a tiempo de ver House? ¡¡Es que me tiene enganchado el jodío cojo!! Pues, estimados visitantes de LA CASA DE PLASTILINA, tengo el placer de anunciarles que sí, que, debido a mi condición de sprinter nato, pude acabar el trabajo y entregarlo (aunque faltaba una parte cuya ausencia espero que no detecte la profesora) y que me dio tiempo a ver House… total, para que resultara que fueran “repes”.

En fin, final feliz para el puente más intenso de los últimos tiempos. Del resto de la semana, poquito que contar. Solo que me han dado las notas del examen de miércoles pasado y del que hice ayer mismito. Los dos aprobados. Menos faena para junio. Lo del trabajo es harina de otro costal; veremos si cuela.

Mañana, toca Día Junior, qué bien, qué bien, qué guay. Conque, en principio, no me esperen por LA CASA. Y como los domingos son imprevisibles, mejor les digo que nos vemos el lunes. ¡¡Feliz fin de semana!! 

P.D. Chulo, chulo el bajo-pisito de Peter. Así sí que mola independizarse, aunque sea de manera temporal.

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~ por Gerardo en mayo 4, 2007.

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