Miryam

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Mi primer recuerdo de ella es una reprimenda que me soltó por escibir su nombre con dos ies latinas. Hace tanto que nos conocemos que ya ni recuerdo cómo nos hicimos amigos. Supongo que sería a base de subidas y bajadas al Carrer Convent, con legañas mañaneras y hablando de todo y de nada, de amoríos adolescentes, de lo que nos importaba en aquellos 14 años que teníamos en los estertores del 97, de cosas de clase, de cosas banales y trascendentes, para reír y para llorar. Sí, supongo que así fue como nos hicimos amigos. Así fue como, de pronto, sin comerlo ni beberlo, me sabía, meritoriamente, los nombres de sus (por entonces) 6 hermanos, como descubrí que había alguien que podía saberse mi vida incluso mejor que yo y como su madre le decía irónicamente, cuando venía a mi casa a pasar horas muertas, que si la esperaba para cenar.

Por aquel entonces Miryam ya lucía perennemente su bien más preciado: su sonrisa. Esa sonrisa que nadie como ella era capaz de derrochar, de regalar a raudales. No existía (ni existe) mal día en el mundo que pudiera esconder su risa franca, contagiosa, cantarina y sincera. Tal vez por eso es tan fácil confiar en ella y tal vez por eso es tan sencillo escucharla y dejar que ella confíe en ti. Y así, de tanto confiar y escuchar, fue creciendo nuestra amistad a la par que su número de hermanos y, curiosamente, de manera inversamente proporcional al tiempo que podíamos compartir. Las cosas de la vida y del sistema académico nos fueron robando poco a poco la posibilidad de pasar tiempo juntos. De vernos a todas horas durante dos años, pasamos a saludarnos por los pasillos y a bromear de vez en cuando durante el patio y, conforme dejábamos de ser adolescentes, nuestra amistad fue saliendo de los muros de Monte-Sión y empezó a labrarse entre cafés y cervezas. Quedábamos poco, hablábamos poco, nos veíamos poco; pero cada vez que compartíamos una mesa en el Espresso o en el Templo parecía que no hubieran pasado los años y que seguía teniendo ante mí a la misma niña risueña y espontánea de siempre.

El otro día, sentado en el banquete de su boda, no pude evitar un comentario de complicidad con Enrique el Confesor: “Se mos ha fet major”. Y tanto que sí, pero sigue sin perder lo que hace que sea tan grande: su alegría natural, su sencillez y su espontaneidad. Una espontaneidad que se tradujo al verla llegar en comitiva con toda su familia, casi corriendo, por las calles de detrás del Buen Consejo. Una sencillez que la envolvía en su traje blanco y la hacía radiante y exultante. Una alegría que impregnaba cada momento de la celebración, cada palabra, cada canto, cada uno de los miles de recuerdos que acudían atropellados a mi mente, cada lagrimita de emoción que me asomó.

Asi que, atentos, señores. Clin, clin, clin. Levanto mi copa y brindo por su fututo, por sus ilusiones, por sus proyectos, por Carlos, por los años pasados, por los buenos ratos que nos quedan por vivir y porque sigue dejándome llamarle, con todo el orgullo del mundo, amiga.

¡¡Gracies per tot, enhorabona i no deixes mai de ser feliç!!

Hilo musical: Grita (Jarabe de Palo). La canción bandera para hablar de amistad.

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~ por Gerardo en marzo 3, 2008.

3 comentarios to “Miryam”

  1. Por el amor de Dios… afeitat per anar a una boda!!!

  2. Sabia que algú m’ho tenia que dir…

  3. moltes gracies; que sapiguexs que mas fet plorar. Pero moltes gracies sobretot per fer- me recordar; gracies, se que ja ho he dit pero es que no m´ix altra cosa gracies.
    Miryam: 13-3-08

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