Bricomanía

El ser humano, cuando nace un nuevo especímen, no ve en él un niño; ve un puzzle. De otra manera no se entienden esas escenas de hospital en que todos los presentes, reunidos en torno a una cuna, miran embelesados al nuevo sujeto mientras realizan comentarios del tipo: “Tiene la nariz de su padre”; “Ya, pero los ojos son de su madre”; “Y, fíjate, tiene en la barbilla el hoyuelo del tío Clodoveo”; “Pero con esas orejitas (eufemismo de “Qué pedazo de orejones de soplillo”) no puede negar que es nieto de la tía Juliana”; “Hay qué ver; la frente tan ancha como su abuelo Gumersindo”… Todo ello, amigos, es fruto de eso que llaman la herencia.

Y es que la herencia que recibimos de nuestros antecesores no consta solo de secarrales en Valdepenachos del Mochuelo (provincia de Cuenca), campos de algarrobos en la partida del Aguilucho Bizco o una Caseta de Secà (eufemismo de “cuatro paredes emblanquinadas que albergan 8 metros cuadrados de almacén de aperos de labranza oxidados, todo ello sito en medio de un pedregal a la altura de donde Cristo perdió las ganas de buscar el gorro”). No, señor, no. De nuestros padres y demás familia también heredamos rasgos físicos (como ya hemos visto), rasgos de carácter y, en algunos casos, incluso aficiones y/o afiliaciones. Por ejemplo, dado que el Sr. Conejeros es madridista, el Enano nos salió merengón. Pero a veces la herencia comete fallos y lagunas inexplicables. Es el caso que nos ocupa.

Resulta que los caprichos de la dichosa herencia no solo me libraron (a Dios gracias) del amor por el equipo de Chamartín sino que también me privaron de una de las mayores habilidades de mi progenitor: la gracia y la maña en materia de bricolaje. Sí, señor; servidor no es “manitas”, es “manazas”. En cambio, el Sr. Conejeros igual te monta una estantería, que te cambia un grifo, o que te ingenia un “palio” de plástico para que el Sepulcre no se moje si llueve (o que promueve un carrito para llevar un banderín… pero esa es otra cuestión de la que no merece la pena hablar). Pero yo no… por mucho que él se empeñe en cambiarlo.

El caso es que ayer el Sr. Conejeros tenía ayer un típico plan de mañana dominical: construir, con 4 listones de madera que le sobraron de no-se-dónde, un marco para colgar un tapiz de 1’80 x 1’20. Bricomanía en estado puro con mi padre en el papel de “el vasco de bricomanía”, servidor en el papel de Tim Allen en “Un chapuzas en casa” y el taller de la fábrica del Sr. Conejeros como marco incomparable. La experiencia fue alucinante y arrojó dos conclusiones para la reflexión. Uno: El Sr. Conejeros es una máquina del taladro, la cola de contacto y la caladora. ¡¡Menudo marco-expositor se sacó de la manga!! Y dos: Un niño de 5 años podría haberme suplido con totales garantías en mis funciones, limitadas a cumplir órdenes del tipo “Aguanta’m açò” o “Acosta’m allò”. En una ocasión traté de señalar, sin ayuda, con un rotulador rojo los puntos donde había que hacer luego agujeros y casi se me cae el marco encima.

Pero no crean que esta completa inutilidad para el chapucerío de a pie es un descubrimiento reciente. La cosa ya viene de años. Ya en el colegio mi profesora le decía a la Sra. Conejeros que iba muy bien en todo y sacaba buenas notas. Pero en plásticaaaaaa…

En fin, que teniendo en cuenta que mi padre es un “manitas”, a mi madre le vuelven tonta las manualidades y todos dicen que el abuelo Noraet (diminutivo cariñoso de Honorato) era otro fiera con la caja de herramientas, creo que está justificado que me digan de vez en cuando aquello de “A qui li haurà eixit este xiquet?”

Hilo musical: Lucky man (The Verve). Torpe, pero feliz.

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~ por Gerardo en abril 14, 2008.

2 comentarios to “Bricomanía”

  1. Esto me recuerda que te tinc que pasar per mail la foto del moble de bany de Cullera (made in manillons), per a que your father li explique al mio como cojones se cambia el alogeno… si no, ja me veig este estiu a fosques en el quarto de bany…

  2. Mmmmmm, en el wc a fosques, que eróticons…

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