Dilema deportivo

•abril 10, 2008 • 2 comentarios

Esto de que te guste el deporte es un rollo. Bueno, antes que nada será mejor matizar. Cuando digo “me gusta el deporte”, quiero decir “me gusta ver deporte por la televisión tranquilamente sentado en mi sillón y, a ser posible, con una cervecita y uns cacaus”. El otro deporte, el de practicar, también me gusta, pero lo demuestro menos. De todos modos hoy íbamos a hablar de deporte televisado.

Y decía que es un rollo que te guste, y más en días como hoy en que la oferta en tan extensa y tan atractiva. Tenemos a las 20:00 al Axa Barcelona en Teledeporte (único canal del TDT que sirve para algo) jugándose el pase a la Final Four de la Euroliga contra el Maccabi Tel Aviv en un partidazo lleno de jugones por uno y otro lado y con la tensión de las pistas calientes, como lo es la de los israelíes. Tres cuartos de hora más tarde, el Getafe, el equipo de todos los españoles (al menos hasta el miércoles que viene) juega en presencia de las cámaras de nuestra querida Antena 3 la vuelta de cuartos ante el “todopoderoso” y simpatiquísimo Bayern de Munich, al que ya le mojó la oreja hace 7 días en tierras bávaras con un partidazo de los que hacen afición. Y para rematar la faena, nuestro Punt 2 nos regala a las 21:00 un Pamesa-DKV Joventut con el pase a semis de la ULEB en liza y con Rudy, Ricky, Douglas, Víctor Claver y compañía en la pista. Total, que no se por qué evento deportivo decidirme.

Si, además, añadimos que no creo que llegue antes de las 9 a casa (antes tenemos un nuevo e ineludible encuentro de la Comisión para el 40 Aniversario del Centro Juniors La Asunción-Amparo Alabarta; seguiremos informando en próximos boletines), la duda aumenta en tamaño. ¿Me quedo con los minutos decisivos del partido del Barça? ¿Cedo a las presiones de la posibilidad de ver al Geta haciendo historia? ¿Me comporto como un verdadero seguidor del Pamesa, aunque confíe poco en la victoria? ¿Voy haciendo ronda, zapping mediante, por los tres partidos como hacen los de la Sexta en su carrusel? Si hago esto, ¿me enteraré de algo?

Dios, qué problemón. Nunca entenderé cómo se las apañan los que tienen el Digital. Yo tendría que clonarme.

P.D. Ya es la segunda vez que la ausencia de fotos me impide contarles algo. Primero fue el concierto de Quique González y ahora el sonado triunfo que logró la conjunción mágica que formamos Monte-Sión y la Asunción el pasado domingo en el Festival de la Canción Vocacional que se celebró en el seminario de Moncada. Victoria trabajada (y ensayada) con el nuevo megahit católico “Confiarme en tí”, obra, como no, de Chema. Y que conste que ya habíamos avisado en el Festival de la Canción Junior… Si es que semos unos mostruos…

P.D2 Los señores de WordPress me han cambiado un poco el tablero de redacción del blog. Si algo sale mal estos días, es que aun me estoy adaptando… o sea que las culpas para ellos.

Hilo musical: Acquiesce (Oasis). Una canción futbolera… el himno que no fue del Manchester City.

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8 días después…

•abril 4, 2008 • 5 comentarios

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Definitivamente soy un caso. Solo así se explica que sea capaz de memorizar cualquier fecha de aniversario, cumpleaños, onomástica o similar que me digan pero que, llegado el día, me olvide de felicitar a la persona en cuestión. Pues bien, señores, lo he vuelto a hacer… ¡¡con mi propia casa!! ¡¡Mira que pasárseme que el pasado 27 de marzo (hace justo 8 días) La Casa de Plastilina cumplió 366 días de existencia (año bisiesto, recuerden)!!

La verdad es que no sé si merezco celebrarlo. Tantas idas y venidas, auges y caídas, apariciones y desapariciones… Casi preferiría aguantar a ver si el 27 de marzo de 2009 me he vuelto un anfitrión más formal de lo que lo he sido este año. Pero, oye, que solo se cumplen años una vez al año y solo se cumple un año una vez en la vida. Por eso, qué menos que romper la rutina con un post doble para poder dedicarle unas líneas a mi reducto cibernáutico, a mi pequeño santuario de placer creador, a mi catarsis literaria particular, a este espacio entre lo real y lo absurdo de mi vida.

Pues eso, que feliz cumpleaños (y 8 días), Casa de Plastilina. Y que Dios, las musas y la pereza quieran que te deje cumplir muchos años más.

Hilo musical: Happy birthday (Sunflowers). ¿Alguien necesita aclaraciones?

Trampa tramposa

•abril 4, 2008 • Dejar un comentario

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Digo yo que no es tan grave, ¿no? ¿Quién no se ha contado una casilla de más jugando al parchís? ¿Quién no ha dicho un nombre a voleo jugando al escondite (¿voleo es con “b” o con “v”?)? ¿Quién no ha ojeado unas cuantas preguntas del Trivial por si acaso? ¿Quién no se ha saltado una prueba en un rally (o gynkama, para los puristas) de un campamento? En fin, ¿quién no ha hecho nunca trampas? A ver, que levante la mano… Nadie, ¿verdad?

Pues ya me quedo más tranquilo, porque estoy que me reconcomo a mí mismo por culpa de un pequeño chanchullo que me he visto obligado a cometer. Resulta que he entregado un trabajo de un libro… sin habérmelo acabado. Sí, sí, ya sé que está mal y que iré al infierno. Pero es que es taaaaaaaaaaan aburrido. Se llama “La expresión” y es de un tal Arno Stern, danés, como La Sirenita y los hermanos Laudrup. Y ya que estamos, que partidazo del Geta ayer. Canté más el gol de Contra que cualquiera del Valencia esta temporada… Bueno, a lo que íbamos, que me despisto.

Que el dichoso libro son solo 100 páginas. ¡¡Pero que 100 páginas!! Una cincuentena de hojas a doble cara repitiendo sin cesar las mismas cosas y publicitándose a sí mismo y a su método educativo fabuloso y superinfalible. Total, que yo, implacable devorador de miles de páginas dedicadas a Harry Potter, me rendí ante semejante tostón, incapaz de pasar de la página 60. “A partir de la 70 no dice nada nuevo”, me habían dicho. Pero es que ni ahí pude llegar. Y, además, estoy en desacuerdo con esa afirmación. Si me preguntan a mí diré: “A partir de la página 2 no aporta nada nuevo”.

Pues eso, que soy un tramposo; que he hecho como que me lo he leído todo y he entregado el trabajo en cuestión; pero que no creo que se note, ¿no? A menos que alguno de ustedes se chive. O que descubra que el profesor Manuel Monfort también visita esta casa. Entonces será momento de decir aquello de “Tierra, trágame” mientras un centenar de dedos me apuntan diciendo “¡¡Trampa, trampa!!”.

En fin, podría ser peor. Podrían decirme que he roto la olla.

Hilo musical: Ready for drowning (Manic Street Preachers). Siguiendo el paseo por mi fonoteca.

Alienanígenas

•abril 3, 2008 • 8 comentarios

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Los finos argentinos Les Luthiers se preguntan en la canción que sirve de hilo musical al post de hoy: “¿Por qué en la ciudad vivimos alienados?”. Y se responden, con el humor y la ironía que les caracteriza: “Porque se ha-lienado de gente”.

Alienar. Bonito palabro que bombardeó a los adolescentes de mi generación por diversos canales. En primer lugar porque era frecuente encontrarlo por entre las páginas de los libros de Filosofía o de Religión de los añorados BUP y COU. Pero, sobre todo, el vocablo de marras marcó a los hijos del 83 (y aledaños) porque hubo quien nos lo acuñó con saña visigoda de manera que, sin comerlo ni beberlo (ni saber lo que significaba), nos convertimos en una “juventud alienada”.

Y los culpables de aquella catástrofe sociológica sin precedentes ¿quiénes eran? Pues ni más ni menos que la panda de demoníacos vástagos del progreso que formaban artefactos como los auriculares (o cascos, mucho más molón), los walkman (hoy convertidos en poco menos que piezas de museo) y los discman. Aquellos cacharros infernales fueron los artífices de la consabida alienación de aquella bendita generación, puesto que, como bien se veía en los anuncios televisivos de Los 40 Principales, eran barreras insalvables para la comunicación interpersonal y convertían a sus usuarios en monigotes incapaces de realizar otra acción que no fuese andar y mover ligeramente la cabeza de arriba a abajo como autómatas. Aquéllo nos aislaba del mundo, de la realidad que nos rodeaba, del prójimo que estaba a nuestro lado, del vecino de asiento del metro y hasta de nuestras propias familias. En una palabra: nos alienaba. Y eso era lo peor que te podía pasar.

Y digo yo que seguramente tendrían razón los que así nos calificaban. Porque, no lo neguemos, es indudable que llevar pegados a las orejas dos trozos de gomaespuma que emiten tu música favorita a alto volumen te dificulta bastante (cuando no imposibilita por completo) prestar completa atención a lo que a tu alrededor acontece.

Pero, amigos, hoy he llegado a la conclusión de que hay que pasar página. La juventud alienada ha muerto. Los jóvenes y adolescentes de oídos taponados han pasado a la historia. Lo he descubierto hoy mismo, de camino a casa de vuelta de la facultad, cuando me he encontrado a una pandilla de quinceañeros recien salidos del IB1 (me resisto a llamarle Tirant lo Blanc, lo siento). Por un momento pensaba que se trataba de una alucinación, pero no. Lo que estaba viendo y oyendo era muy real. Esos seres en plena pubertad irradiaban y emitían música (a bastantes decibelios como para ser claramente audible) desde su propio cuerpo. Mi perplejidad inicial se ha visto atenuada cuando he comprobado que eran móviles, oportunamente colgados de algún accesorio a la altura de la cintura, los que producían el sonido que llegaba a mis oídos. Pero lo más sorprendente de todo no era eso. Lo más sorprendente era que, a pesar de la mezcolanza de músicas (todas igualmente vomitivas, por cierto) y del ruido de la calle, cada uno de los zagales en cuestión parecía no escuchar nada más que su propio teléfono móvil y, por supuesto, parecía no percatarse de la presencia de varios congéneres a menos de medio metro de distancia.

Sí, amigos. Antes necesitábamos taparnos los oídos para aislarnos del mundo. Ahora, no solo ha dejado de ser necesario, sino que además es posible deleitar al inocente vecino con el objeto de nuestro aislamiento sin importarnos lo más mínimo si comparte nuestros gustos musicales o no. ¿Qué más pruebas queremos de que el ser humano evoluciona?

La única duda que me asalta es, ¿qué nuevo término necesitaremos para denominar a esta nueva especie? Porque no me negarán que el de “alienados” se les ha quedado corto.

Y, al menos, en nuestra época no se escuchaba reggaeton. Camela, todo lo más.

 P.D. Y hablando de música (pero de música buena, en este caso). Tremendo concierto el de Míster 90% del viernes. Es cierto que tal vez fue excesivamente pródigo en canciones de los dos últimos discos, que fue un pelín demasiado bajonero (en concordancia con el último disco) y que le faltaron algunos clásicos (eché de menos “Kamikazes enamorados”); pero escuchar en directo “Y los conserjes de noche”, ver a Javi Pedreira y Karlos Arancegui en estado puro (menudo par de cracks, sobre todo el primero), disfrutar del impresionante final con “Vidas cruzadas” o ver a un Quique González menos tímido, más implicado con su público y más bromista que antaño no tiene precio. Me hubiera gustado dedicarle un post entero, pero las fotos aun están en la cámara de María. En fin, ya les enseñaré alguna con cualquier excusa, que merecen la pena.

Hilo musical: Solo necesitamos (Les Luthiers). Ya lo avisaba arriba; 100% recomendada, risas aseguradas.

Músico de guardia

•marzo 28, 2008 • 5 comentarios

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Le descubrí hace poco más de 2 años. Después de tropecientos intentos de Gema por que escuchara algo de él, la perspectiva de un concierto entre amigos me convenció y acabé cediendo, más porque es una cansina que por otra cosa, a su ofrecimiento de dejarme un par de discos suyos. Así, a regañadientes, fue como entró en mi vida el hombre que hoy ocupa, codo con codo con Oasis, el lugar de honor entre mis preferencias musicales. Así conocí a Quique González.

El principal problema de que te guste Quique es explicar quién es a los no iniciados. Porque, reconozcámoslo, tiene nombre de tío normal; si me apuran, como dice el Enano, hasta de pelagatos. Vamos, que a la gente no le suena de nada. Pero no es óbice para su grandeza, para su música sencilla y elegante a la vez, para sus letras a medio camino entre la lírica y la vida de barrio, para su voz desgarrada, para la melancolía de sus acordes de piano.

El caso es que Quique me conquistó rápidamente: una primera pasada por La noche americana y por el recopilatorio que me hizo Gema me pusieron en el camino, un pedazo de concierto en la sala El Loco (que, más que concierto, parecía una reunión de amigos) me convenció de que era un músico diferente y una xarraeta con él con invitación a empanadillas me acabó de convertir en devoto suyo (ya dicen que a los hombres se nos gana por el estómago).

Pues bien, amigos, hoy, 2 años, un mes y tres días después de aquel concierto, ya mítico, y casi medio año después de que viera la luz su último trabajo, Avería y redención #7 (nos ha hecho esperar el muy cabroncete), Quique vuelve a Valencia, vuelve a vernos, vuelve a deleitarnos. Será esta noche a las 10 y media en el Greenspace. Y yo estaré allí… y, esta vez, María también.

Porque, curiosamente, conocí a Quique González y a María en la misma semana. De hecho, la tarde en que compramos las entradas para aquel concierto de El Loco, aproveché para informar a Gema y Elena (el consejo de sabios) de mi recién iniciada relación amorosa. Pero bueno, a lo que íbamos, que aquella vez no dio tiempo a convencerla, pero esta noche María no se lo perderá. Ya ha oído un par de discos, ya ha elegido un par de canciones como sus favoritas… solo le falta un concierto, este concierto, y dentro de nada la veremos convertida en otro miembro de la cada vez más amplia comunidad de fans de Quique González de la Parroquia de La Asunción. Y es que el que lo prueba no puede parar… se lo digo por experiencia.

Al concierto de hoy ya no creo que lleguen pero, ¿alguien más se apunta al quiquegonzalismo? A ver si en el próximo montamos un minibús.

Hilo musical: La vida te lleva por caminos raros (Quique González). Ella lo entiende.

¿Doy fe?

•marzo 26, 2008 • 3 comentarios

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Ayer, todavía inmerso en el trastorno post-festivo que me ha dejado la Semana Santa más estrambótica de la historia, tenía una cita vespertina con otra de las Marías de mi vida: María Espeleta, en adelante, la Mary.

Pues enrresulta que la Mary, en virtud de los muchos años de amistad que nos adornan, ha tenido a bien elegirme como testigo de su inminente boda (24 de mayo) y ayer era el día elegido para dirigirnos a su parroquia de origen para oficializarla como “novia a la fuga” y que pudiera casarse en Picanya, de donde es oriundo su chorbo (el Flipe) y en donde van a fijar su residencia los futuros señores Fernández Espeleta. Yo, ignorante de mí, desconocía cuáles eran, exactamente, mis funciones como testigo, pero ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado tantas complicaciones… ¡¡1 hora para hacer el dichoso expediente!! Pero, ojito, ¡¡qué hora!!

Para empezar, llegada al despacho parroquial y empieza el cachondeo: preside una foto de un sacerdote de principios de siglo (el beato Carlos, creo) ataviado con la típica capa de la época. “Parece Batman”. Ja, ja, ji, ji. Intento mantener la compostura pero es complicado; sobre todo cuando aparece un amable señor, contemporáneo de Blasco Ibáñez (lo menos), parsimonioso y con un bajísimo volumen de voz para atendernos. “Y éste es Robin”. Juas, juas, juas. ¡¡Feeeeestival del humor!!

Entramos con Robin… perdón, con el amable señor a un despachito para hacer el expediente y empieza el show. Nos sentamos la otra testiga y yo y le pide a ella el DNI. Voy sacando el mío para adelantar faena y me dice: “No, no, que el tuyo ya lo tengo aquí, que viene de Picanya”. No, buen hombre, que se ha confundido; que el novio es éste, no yo; éste, el que no lleva un apósito de 4×5 en la mejilla; no se me vuelva a confundir, ¿eh? Venga un poquito de cachondeíto y seguimos con la faena. “¡Ah! Entonces, ¿quién es la novia?” Esta chica; no, ésta no, que es la testiga; ésta otra; estése atento, no vayámos a montar aquí un pitote.

Salen unos, entran otros, testifican unos y, mientras espero mi turno, chantajeo a la novia. He caído en la cuenta de que su boda está en mis manos y puedo exigirle cualquier cosa a cambio de decir que no está casada con otro hombre o que viene libremente a contraer matrimonio. Cuando me toca a mí testificar aun no hemos llegado a un acuerdo, pero me apiado de ella y decido decir a todo que sí.

Mi momento de gloria acaba rápido y sin incidencias a destacar (salvo el hecho de que llego a la conclusión de que Robin era copista en la Edad Media… ¡qué velocidad y menudas letras capitales!) Vuelven a entrar todos mientras el amable escribano acaba el expediente y las amonestaciones. Se dirige a mí y me pregunta: “¿De qué parroquia eras?” ¿Yo? Pues de la Asunción y a mucha honra. “¿Pero no eras de Picanya?” ¡Qué no! Que ése es el novio, yo solo testifico, hago bulto; el que se casa es éste, el bajito; ¡leche, tampoco nos parecemos tanto! El hombre sigue a lo suyo. De pronto levanta la cabeza, me mira y me pregunta. “¿Y quién os casa?” ¡¡¡Pero que yo no me casoooooo!!! ¡¡¡Que se casa ésteeeeee!!! “¡¡Ah, sí, claro, sí, sí!!”… vuelve a dirigirse a mí y me da un sobre: “Pues aquí tienes las amonestaciones, las llevas a tu parroquia, allí a Picanya, y que las cuelguen, y cuando las quiten me las traes”. Yo ya no sé si reírme o llorar. Decido tomármelo a cachondeo, cojo el sobre que me tiende Robin y aprovecho para coger la mano de la Mary, girarme hacia al novio y hacerle entrega del tarjetón de la boda que él mismo me había dado minutos antes: “Toma, Felipe, te invitamos a la boda”.

O sea, que yo dí fe, pero no se de qué. Ya no sé si se casan ellos, me caso yo con la Mary o con la otra testiga (a la que acababa de concocer, por cierto). Tot siga cas que el día que me toque a mí pasar por la vicaría me descubra ya casado y quién sabe si con hijos bautizados y todo. Total, también se llama María, ¿no? No creo que pase nada.

Música de fondo: Las gafas de Mike (Quique González). Canción absurda para situación absurda; calentando para el concierto de Quique: solo quedan 2 días

El día de la victoria

•marzo 11, 2008 • 2 comentarios

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Ayer fue el día con mayor felicidad por metro cuadrado de los últimos cuatro años. Ibas por la calle y veías el buen rollo flotar sobre las cabezas de la gente. Todo el mundo era inmune; podías decirle a un tío “¡¡cara de moco!!” y a él le daba igual porque estaba feliz (que conste que, por si acaso, no hice la prueba). Sí, amigos, los pájaritos cantaban, las nubes se levantaban, la gente sonreía abrazada y todo quisque iba por ahí caminando a saltitos como si fuera Heidi porque el día anterior había ganado. Da igual que hablemos de blancos, negros, amarillos, multicolores, altos, bajos, achaparrados, zurdos, diestros, estrábicos o cojitrancos. Todo el mundo había ganado en las elecciones… o eso le habían dicho. Y no me refiero a la gaita esa de “la fiesta de la democracia que debe enorgullecernos a todos y colmarnos de alegría”, no; todo el mundo se sentía ganador de verdad.

Hombre, esta claro que los que son del color del que tuvo más votos sí que ganaron, ¿no? Porque esto es como la Liga, que la gana el que tiene más puntos. Ahí la fiesta estaba justificada: las banderitas, las rimas ingeniosas (me encanta la del “ista, ista, ista…”; se estrujaron el cerebro los tíos), la musiquita, el mogollón de gente… Vamos, que habían ganado y tenían todas las de la ley para montarse un guateque que ni “La fiesta de Blas”.

Pero es que te ibas al barrio de enfrente pensando: “pobretes, estarán ahí todos de bajón, llorando, tumbados por las aceras…”… ¡¡Y una leche!! ¡¡Pero si la montaron más gorda que los otros!! A ver, ¿no habíais perdido? “¿Nosotros? ¡¡Qué va, si hemos recortado taitantos puntos y hemos sumado muchicientos votos!!”. Y estaban ahí todos con sus banderitas, su música de pachanga (que solo faltaba Santi el de la farmacia para que pareciera la Joy), sus rimas tontas (quién iba a pensar que había tantas palabras que rimasen con embustero). ¡¡Llevaban un cachondeo…!! Si hasta le gastaban coñas al candidato. Le decían: “¡¡Presidente, presidente!!” ¡¡Qué jodíos; como no sea de la escalera!! Y yo a lo mío: “Pero, ¿no han ganado los otros?”. Y me decían: “¡¡Qué va, si nuestro partido está ahora más fuerte que nunca!!” ¿Más que cuando ganásteis? Pues si que sois raros. Es como si yo digo ahora que el Valencia está más fuerte que nunca porque tiene más puntos que la semana pasada, ¡¡hay que jorobarse!!

Pero yo, que soy morboso, seguía buscando a alguien que estuviera chungo, a alguien que hubiera perdido. ¿Y dónde buscar? Pues, si los de antes decían que habáin ganado porque habían recortado, habrá que buscar a los que han sido recortados, ¿no? A los que han perdido la mitad de votos y de escaños (palabra fea donde las haya) y esas cosas. Allí ya veías que no estaban de subidón, eso sí, pero ¿perder? ¡¡Ni de coña, hombre!! Como mucho alguno te decía que no eran los resultados esperados… pero, además, como no es culpa suya, no pasa nada. Porque esa es otra: nadie pierde y nadie tiene la culpa. La tendrán los votantes que les han abandonado pero ¿ellos? Ellos no, hombre. Siguiendo con el símil futbolero es como si vas a Mestalla un día de partido y te lo encuentras vacío. “Oye, ¿dónde está la gente?”. “Es que no han venido, ¿sabes? Pero no pasa nada porque se han ido todos a ver al Numancia, que juega contra el Madrid, a ver si le gana”.

Lo dicho, que después de “la fiesta de la democracia” nadie perdió… bueno, yo sí. Yo perdí la paciencia esperando a que alguien tuviera las santas narices de reconocer que, a lo mejor, casualmente, era posible admitir que existía la probabilidad de que algo debía de haber hecho mal. ¡¡Ingénuo de mí!!

P.D. Hablando de perder la paciencia, mis estimados falleros de la Plaza debieron perderla hace mucho tiempo. No se me ocurre otra solución para que el domingo pasado (día 9, recuerden) ya tuvieran la mitad de su “grandioso” monumento plantado. Creo que los de Nou Campanar se han puesto a temblar.

Hilo musical: It’s better people (Oasis). Me viene a la cabeza.

Hilo musical bis (sin que sirva de precedente): Baila el chiki-chiki (Rodolfo Chikiliquatre. Y a mucha honra.